Me han contado muchas cosas sobre mí. Dicen que fue necesario. Para mí, para el mundo. Dicen que no hubo otra opción.
Dicen que hice lo correcto.
Aunque yo no esté tan segura.
Me aparto un mechón de mi cabello y me miro, por enésima vez en el día, al espejo. Él me devuelve la imagen de una chica de apenas dieciséis años.
Unos dieciséis que mi cuerpo, pero si mi mente, nunca cumplirá.
No he muerto. Ellos dicen que estuve a punto, pero me salvé por los pelos. Me cuentan, en las escasas horas que tienen libres, que sucedió algo místico que me salvó. A mí y al planeta.
Lo que no me dicen nunca es quién, ni porqué.
Se que me tienen miedo. Parezco una joven que no crece nunca, que será exactamente igual en el tiempo en que sus nietos, o sus biznietos, vendan a visitarme. Pero nunca me han dicho a la cara que les aterro, porque saben que lo sé.
Se me da bien leer los ojos de las personas.
No recuerdo mi nombre. Es una de las cosas que ellos no quieren decirme, que ocultan, que no me dejan leer en su mirada.
Recuerdo uno de mis enfados de cuando era más joven. Recuerdo haberles preguntado como, entonces, me iban a llamar. Ellos respondieron que como quisiera.
El único nombre que recordaba en ese momento era el de aquella película vieja que me gustaba tanto en mi infancia. El viaje de Chiriro. Así es como me llamaron. Chiriro.
Ese nombre derivó, entre otras cosas porque me parecía demasiado largo, a Chiro. Así es como puedes llamarme.
Si es que me ves alguna vez.
Añoro las plantas, los ríos, las montañas con sus valles... Pero no puedo salir de mi jaula, un gran apartamento con miles de habitaciones subterráneas.
Es muy confortable, pero sigue siendo una jaula.
Si alguna vez lo visitais, seguro que yo estaré por allí.
Al fin y al cabo, soy eterna.
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Contemplar un mundo en un grano de arena. Un cielo en una flor silvestre. Sostener el infinito en la palma de la mano. Palpar la eternidad en una hora. Todo es posible.
Anónimo